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Sin piedad

En la novela El cero y el infinito de Arthur Koestler, Ivanof, un burócrata leal a las órdenes del Número 1 de la Revolución, interroga a Rubachof, uno de los viejos líderes revolucionarios que ha sido arrestado por tener dudas sobre el destino de la Revolución. Rubachof, desilusionado, increpa a Ivanof con una afirmación lapidaria: “Nosotros hicimos historia; ahora vosotros hacéis política”. Rubachof había peleado para cambiar la historia y mejorar la situación del pueblo. Sin embargo, para él, el partido y el Estado dejaron de representar los verdaderos intereses del progreso después del triunfo revolucionario. Los gobernantes, dirigidos con mano de hierro por el Número 1, se dedicaron más a conservar el poder que a promover el bienestar. La realidad política eclipsó al idealismo histórico. ¿Ivanof o Rubachof? La eterna disyuntiva de los que gobiernan.

En la medida en que avanza el sexenio, aparecen los dilemas interminables del poder, que se van presentando sin misericordia porque resumen lo que se hizo y lo que no se construyó, lo que avanzó y lo que retrocedió. A estas alturas, lo único que no para, y que no es reparable, es el tiempo y el del presidente López Obrador comienza a pagar las facturas.

Todos los gobiernos, en México y en el mundo, siguen un ciclo natural que comienza con grandes esperanzas y promesas, asciende en la medida en que se consolida y luego empieza a declinar en paralelo con los albores de la sucesión que inexorablemente llega. Los gobiernos más exitosos invierten con clarividencia al inicio para poder cosechar hacia el final del periodo y terminar con broche de oro. Cualquiera que sea la percepción que uno tenga del presidente López Obrador, este escenario no es el que le espera.

El presidente López Obrador ha seguido un patrón muy peculiar: ocurrencias soportadas sobre creencias y prejuicios muy profundamente arraigados en lugar de análisis y diagnóstico derivados de la situación concreta que encontró. Aunque su campaña se dedicó a temas de pobreza, desigualdad, bajo crecimiento y corrupción, ninguno de sus programas emblemáticos ni sus estrategias de políticas públicas se han encaminado a atenderlos. Esta peculiaridad determina las características del inexorable cierre del ciclo. Lo que queda por determinarse es la forma específica que cobrará.

Por supuesto, no hay duda alguna de los elevados niveles de popularidad, pero estos se refieren a la persona del presidente, más no a sus políticas, donde las divergencias son grandes. En tanto que sus predecesores mostraban similitud entre su popularidad personal y la de sus gobiernos, en el caso del presidente actual esto no ocurre. Esto confirma lo que todos sabemos: el presidente goza de un apoyo substancial, aunque declinante, de una base política que ha cifrado sus expectativas y creencias en el individuo. Nadie sabe cómo evolucionará este fenómeno pero, más allá de la base dura de creyentes (alrededor de 16 millones a juzgar por el revocatorio), el resto presumiblemente irá en paralelo con los resultados que arroje la administración en los próximos dos años y con el inexorable proceso de sucesión, que enfocará al electorado en las carencias del gobierno. Las transferencias clientelares sin duda ayudarán, pero irán de la mano del ciclo sexenal.

Todo lo cual nos retrotrae al dilema planteado por Koestler hace casi un siglo: cuando el fervor revolucionario se topa con la realidad del poder, lo que queda es un gobierno que no pensó en sembrar un mejor futuro, que cifró su destino en tres proyectos costosísimos sin mayor viabilidad y con poco impacto sobre el crecimiento, la desigualdad o la pobreza y que apostó por la personalidad del presidente en lugar de cambiar la realidad cotidiana. Nada lo describe mejor que su incapacidad por reconocer que la corrupción que corroe a su gobierno -nada distinto a la del pasado- no puede ser barrida debajo del tapete.

Al final del día, la enfermedad de todos los gobiernos mexicanos, independientemente de su color, eficacia o popularidad, es la misma: todos se consideran intocables e impunes, hasta que viene la sucesión y comienza la verdadera rendición de cuentas. El ciclo político no es sólo del gobierno: también lo es de sus personajes, todos los cuales se vuelven arrogantes, se cierran y se ciegan ante lo que desde afuera es evidente, pero que deja de serlo una vez dentro del aparato y la sensación de poder se torna adictiva. Cuando ese proceso cobra forma, nada lo para y todos los gobernantes y sus funcionarios acaban padeciéndolo.

Estamos al inicio del ciclo descendente del gobierno actual y no hay poder humano que lo pueda evitar o impedir, por más que desde la cima del poder las cosas se vean brillantes e impecables. Falta dilucidar los cómos, pero los qués están claros no porque yo lo diga, sino porque así son todos los sexenios: el desgaste es natural e incontenible.

El arte del estadista, escribió Talleyrand, consiste en prever lo inevitable y acelerar su acaecimiento. La mayor parte de los presidentes mexicanos, a pesar de su engolosinamiento con el poder, sabían que éste termina y todo cambia. No así el presidente López Obrador, para quien la salida por eso será tanto más compleja.

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